El Equilibrio entre el Blanco y el Negro en la Filosofía del Tai Chi

El símbolo del Tai Chi, el símbolo del Tao, es un círculo mitad blanco y mitad negro. Este símbolo no se llama “Tao”, como muchos piensan, sino que se llama “Tai Chi T’u”, es decir, símbolo del Tai Chi o del Taoísmo. Su división entre una parte blanca y una negra está hecha de manera que se evidencie la tendencia al cambio, a la alternancia entre blanco y negro.

Sin embargo, estudios realizados en WAMAI revelan que aún más importantes son los dos circulitos situados en el punto dónde tanto el blanco como el negro están en su ápice. En el momento en el que el negro está en su máximo momentum, vemos que el circulito, al igual que una pequeña ventana, nos indica que debajo del negro está el blanco. Lo mismo vale para el polo opuesto: en su clímax, detrás del blanco podemos ver el negro.

Este simbolismo quiere indicar los varios y variables aspectos de la realidad. Enseña, por ejemplo, a no emitir juicios apresurados sobre los demás, ya que, a menudo lo que aparece esconde aspectos muy diferentes de la verdad, y así es como pensamos en WAMAI. Asimismo, puede inducirnos a reflexionar sobre que empujarse demasiado en una dirección o en una manera de actuar o de ser, conllevará la tendencia a crear en uno mismo la corriente opuesta. Para dar un ejemplo muy básico, se puede decir que el ser muy dinámico puede crear la tendencia y la necesidad de calma y reflexión.

Podemos profundizar el asunto diciendo que el simbolismo en objeto enseña también a conocer la causa y el efecto de las cosas, impulsándonos a comprender los mismos principios del Universo. Por ejemplo, una madre que da a luz sufre enormemente, pero sufre con ilusión por la nueva vida que está dando a la luz. En cierto sentido se podría decir que sufre al tiempo que no sufre.

Otro ejemplo: yo experimento una gran alegría cuando veo el sol que surge desde el mar en el horizonte. Entonces, en las raras ocasiones que tengo de ver el alba en el mar, no puedo dormir tranquilamente por el ansia de ver el amanecer. Es más, detesto la noche porque se interpone entre mí y el día, provocándome malestar. Al contrario debería de estar feliz por la existencia de la noche, incluso en mi expectativa del día, ya que, sin la noche no podría gozar del alba.

Quizás el ejemplo parezca una pizca de irrealidad, pero no se debería olvidar que a menudo nuestra felicidad se queda a mitad de camino por la inhabilidad de saber ver también la “otra parte” de las cosas, por lo que nos enfrentamos con conflictividad a todo lo que no satisface nuestros deseos inmediatos.

 

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El I-Ching, el Libro de las Mutaciones exhorta a dar el mismo valor a todo lo que no satisface nuestros deseos inmediatos. Exhorta a dar el mismo respeto tanto a una montaña como a un grano de polvo, tanto a un ser humano como a un insecto, ya que cada cosa tiene un papel y una tarea en el Universo. Cada cosa es un micro y un macrocosmos, es un pequeño Tai Chi dentro de un gran Tai Chi.

Cada cosa es un micro y un macrocosmo, es un pequeño Tai Chi dentro de un gran Tai Chi. Alguien dirá: “pero, ¿qué importancia pueden tener algunos insectos para un hombre?”. Se podría contestar con una alegoría: cuando un geólogo debe establecer si un terreno está demasiado polucionado para el cultivo, la primera cosa en la que se fija es exactamente la presencia o ausencia de insectos en la tierra. Entonces, los insectos pueden ser paradójicamente muy importantes para el agricultor evitándole el error de cultivar tierras improductivas. Se podría dar miles de ejemplos parecidos. Entonces, pensemos en cuántas veces nuestras decisiones son apresuradas no teniendo en cuenta todos los aspectos de una situación. ¿Cuántas veces nuestro actuar es realmente penetrante y tiene en cuenta las consecuencias que se podrán producir? En realidad, deberíamos reflexionar muy detenidamente acerca de esos dos aspectos interdependientes que se hallan en todas las cosas de este mundo.

A menudo, en el afán de eliminar uno de esos dos aspectos, empobrecemos y tal vez destruimos también el otro. ¿No sería mejor, antes de actuar, intentar comprender a fondo la naturaleza de las cosas y la ligazón entre ellas, es decir, su lado “escondido”?

En mi esfuerzo para convertirme en un buen agricultor, he descubierto un hecho curioso que bien se aplica a lo descrito. Mientras que hasta ahora se pensaba que la extirpación de las malas hierbas fuera una actividad benéfica para el cultivo, parece que recientemente, según los últimos hallazgos de un biólogo, dicha extirpación tiene el efecto de empobrecer el cultivo en lugar de enriquecerlo. Puede que los frutos tengan mejor aspecto, pero el cultivo no es “biológico”. Los antiguos sabios Mongoles, así como los Indios de América, afirmaban que ni siquiera se debería cultivar la tierra, sino que solamente se debería recoger lo que ella proporciona espontáneamente, ni más ni menos y dejar que se regenere por sí misma.

Ciertamente no estoy sugiriendo renunciar a la agricultura, a la civilización, a las comodidades, a la estética o a todas las cosas brotadas por mano del hombre. Pero, si se me permite, me gustaría exhortar a que buscásemos una vía del medio, o sea, un equilibrio que no nos lleve a destruir el “blanco” porque queremos sólo el “negro” o viceversa. Todos deberíamos buscar este equilibrio, para ser más felices y más conscientes, además de no estropear ulteriormente este nuestro planeta.

Pero volvamos a nuestro ámbito, al wuguan y a las Artes Marciales. Si llegara al guan un estudiante “no bueno” ¿qué deberíamos hacer? ¿“extirparle” como a las malas hierbas del campo? Y cómo se debería considerar a un buen luchador, ¿tal vez a alguien que sabe atacar con vigor y rapidez, aunque únicamente atacar, cuando ni se sabe defender? Una vez más, pensemos en aceptar también el opuesto, a comprender.

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